Azucena y Ciro

Actualizado: oct 28



Azucena y Ciro

Marcela Jare Valdez Mercado


Azucena tenía más de un mes sin salir de casa, sin ir al colegio, sin salir al mercado a comer con sus abuelos, sin ir por helado al centro comercial, sin poder ir al cine; y aunque podía hablar con sus amigos, no podía jugar en el parque con ellos. Al principio fue divertido, se levantaba hasta tarde y se dormía ya entrada la noche, pero conforme pasaron los días y las semanas todo se volvió diferente, sus padres estaban preocupados.


No entendía muy bien qué ocurría. Cuando escuchaba la radio decían algo de una enfermedad y que todos estaban muy asustados, que nadie podía salir, que había que lavarse las manos muchas veces al día y llevar cubrebocas, que había que estar lejos de las demás personas.


Azucena le dio miedo, estaba confundida y sus amigos tampoco sabían qué estaba pasando. Ricardo decía que era porque Dios se había enojado mucho. Evelia comentaba que era porque el mundo se iba a acabar, como con los dinosaurios.


Ella no quería que le pasara lo mismo que a los dinosaurios, se sentó en la marquesina, desde allí veía pasar muy poca gente, pensaba en que quizás los reptiles enormes se extinguieron porque no se lavaron las manos y no usaron cubrebocas; en eso estaba, cuando de repente escuchó a Ciro que revoloteaba en la jaula.


Ciro era un canario amarillo con un copete extraño que lo hacía verse diferente a los demás. Ciro llegó a la casa unas semanas antes de que todo esto empezara, fue un regalo de la abuelita Georgina a su papá por su cumpleaños.


Azucena miraba con curiosidad a Ciro, pudo darse cuenta que sus ojos se parecían a los suyos, claro mucho más chiquitos, pero también tenían miedo. En la lejanía escuchó el grito de su mamá que la llamaba a comer. Mientras comían, su papá le explicó que no podían salir, porque había un virus que le gustaba mucho viajar, que se pasaba de mano en mano, que cuando llegaba al cuerpo de las personas los hacía sentir mal y que era por eso que los adultos tenían miedo: lo mejor era permanecer en casa y seguir las instrucciones.


Azucena se sintió más tranquila y pudo entender mejor lo que pasaba.


A la mañana siguiente, Azucena visitó a Ciro y le contó lo que le dijo su papá, pensaba que quizás con eso le ayudaría al canario a no tener miedo. Pero no fue así, Ciro seguía triste, no quería cantar. Azucena le ayudó a su mamá a ponerle agua y comida con la esperanza de que lo hiciera sentir mejor.


Al día siguiente, se sentó en la marquesina y le platicó lo mucho que extrañaba su escuela y a sus amigos, le contó que echaba de menos las comidas en el mercado con sus abuelos. Fue así que Azucena entendió que Ciro probablemente extrañaba su casa, a sus hermanitos y volar libremente por la ciudad con sus amigos, se dio cuenta que, aunque nada material le faltaba, había una parte esencial que le impedía sentirse pleno y libre para poder disfrutar de la vida. Azucena le había dado la mejor jaula, comida, agua y una cama cómoda, pero a Ciro le hacía falta volar muy alto.


Azucena se despidió de su gran amigo, le hizo la promesa que pronto se volverían a encontrar para contarse todas sus aventuras.



1er lugar

Azucena y Ciro

Marcela Jare Valdez Mercado

Administración de Organizaciones

Ilustración: Diana Rivera Tapia / Preparatoria







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