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Comentario al Evangelio segĂșn San Lucas 10, 21-24


Martes I Semana

Tiempo de Adviento

1 de Diciembre de 2020


Evangelio


JesĂșs se llenĂł de jĂșbilo en el EspĂ­ritu Santo


+Del santo Evangelio segĂșn san Lucas 10, 21-24


En aquella misma hora JesĂșs se llenĂł de jĂșbilo en el EspĂ­ritu Santo y exclamĂł: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ÂĄGracias, Padre, porque asĂ­ te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quiĂ©n es el Hijo, sino el Padre; ni quiĂ©n es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.


VolviĂ©ndose a sus discĂ­pulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que mucho profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oĂ­r lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.



Comentario al Evangelio


Para comprender mejor este pasaje del Evangelio debemos tener presente el pasaje del Antiguo Testamento del Segundo libro de Daniel. AhĂ­ se habla de tres jĂłvenes hebreos que se oponen a los “sabios” de Babilonia; en el Evangelio, los discĂ­pulos de JesĂșs se oponen a los sabios del judaĂ­smo. La comparaciĂłn se da entre humildes y soberbios, entre pobres y ricos. JesĂșs se manifiesta feliz porque ha sido enviado a los “pequeños”, a quienes anuncia en primer lugar la “Buena Nueva” y los invita a formar parte de su Reino. Recordemos el pasaje del nacimiento de JesĂșs, en donde son los pastores los primeros en recibir el anuncio de la llegada del Salvador. Los pobres y los despreciados por la sociedad son los primeros que ocupan un lugar en el Reino de Dios.


Cfr. Actualidad LitĂșrgica n. 253

Reflexionamos


· ¿Qué lugar ocupa el orgullo en tu vida?

· ¿Te consideras mejor que los demås?

· ¿Qué opinas de la humildad y la sencillez?



Nos comprometemos


Responsabilidad: El que quiera ser responsable debe tomar distancia frente a cuanto le viene impuesto del exterior (modas, prejuicios, opiniĂłn pĂșblica poco aquilatada o deformada
).



Y esforzarse por descubrir los distintos valores, ordenarlos segĂșn el rango que ostentan y conceder la primacĂ­a a los mĂĄs elevados.

Gustavo Villapalos y Alfonso LĂłpez,

El libro de los valores, Ed. Planeta, 2001.


El mando y la autoridad


Autoridad es un término que procede de la palabra latina «auctoritas», la que a su vez se deriva del verbo «augere», que significa «promocionar». Manda con autoridad el que con sus órdenes promociona la vida del pueblo a niveles mås altos de realización. Ello sólo es posible si procede a la luz de la razón, no del mero arbitrio o capricho.



-Quisiera ver una puesta de sol
 Hazme el gusto
 Ordena al sol que se ponga


-Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina y el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta?

-Vos –dijo firmemente el principito.

-Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno pueda hacer –replicĂł el rey-. La autoridad reposa, en primer tĂ©rmino, sobre la razĂłn. Si ordenas a tu pueblo que vaya a arrojarse al mar, harĂĄ una revoluciĂłn. Tengo derecho de exigir obediencia porque mis Ăłrdenes son razonables.

-¿Y mi puesta de sol? –respondió el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.

-Tendrås tu puesta de sol. Lo exigiré. Pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, a que las condiciones sean favorables.

-¿Cuándo serán favorables las condiciones? –averiguó el principito.

-¡Hem! ¡Hem! –le respondió el rey, que consultó antes un grueso calendario-, ¡hem!, ¡hem!, ¡será a las
 a las
 será esta noche a las siete y cuarenta! ¡Y verás cómo soy obedecido!

El principito bostezó. Lamentaba la pérdida de su puesta de sol. Y como ya se aburría un poco:

-No tengo nada más que hacer aquí –dijo al rey-. ¡Voy a partir!

-No partas –respondiĂł el rey, que estaba muy orgulloso de tener un sĂșbdito-. ÂĄNo partas, te hago ministro!

-¿Ministro de qué?

-De
 justicia!

-¥Pero no hay a quién juzgar!

-No se sabe –le dijo el rey-. Todavía no he visitado a mi reino. Soy muy viejo, no tengo lugar para una carroza y me fatiga caminar.

-¡Oh! Pero yo ya he visto –dijo el principito, que se asomó para echar una mirada hacia el lado opuesto del planeta-. No hay nadie allí, tampoco


-Te juzgarás a ti mismo –le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte a ti mismo, eres un verdadero sabio.

-Yo –dijo el principito- puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte. No tengo necesidad de vivir aquí.

Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, Alianza Editorial, 1980.



V. Continuaré, Oh Dios mío

R. ÂĄHaciendo todas mis acciones por tu amor!


V. San Juan Bautista de la Salle

R. ÂĄRuega por nosotros!


V. Viva JesĂșs en nuestros corazones

R. ÂĄPor siempre!

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