Sólo nos queda esperar.

El desánimo, desolación y tristeza son vivencias profundamente humanas, y muchas veces se sienten cuando un ser amado ha partido. Todos en algún momento de nuestra vida hemos perdido un ser querido y hemos experimentado el vacío que deja la persona que parte. Al principio, es normal la pregunta de reclamo: “¿Por qué, Dios mío?, ¿por qué?” En esta pregunta se reconoce al Dios de la vida aun en el reclamo mismo. Y en algunas ocasiones, la negación se hace presente haciendo más dolorosa la partida. Y en otras ocasiones más, buscamos desahogarnos buscando un culpable: “Fue por su culpa”, escuchamos frecuentemente.



Aunque no nos resulte agradable, necesitamos vivir este tipo de experiencias para abrirnos paso en la vida. Pero es importante saber también que estas experiencias dolorosas no lo son todo en la vida, sino que, hasta cierto punto, son un recordatorio de que más allá de ellas hay algo más importante y elevado, por lo cual vale la pena no sólo sufrir, sino, sobre todo, vivir. Estas experiencias son tan humanas que podríamos afirmar que los amigos de Jesús, después de que fuera crucificado, también las vivieron. Basta leer Lc 24,13ss o Jn 19,20ss para darnos cuenta de ello.


Hoy, sábado santo, es un día de recogimiento, de buscar respuestas, de reconocer estas experiencias tan humanas que experimentamos cada vez que parte un ser amado, pero son experiencias que nos recuerdan que detrás de ellas hay algo más trascendente; se trata de experiencias que, hasta cierto punto, nos ayudan a que tome sentido la resurrección y la esperanza.


Como un amigo me compartía, quizás en este sábado suceda lo que muchas veces nos sucede en nuestras vidas: “Con frecuencia olvidamos que la oscuridad nos permite percibir la luz. Una pequeña chispa sería imperceptible en medio de un pequeño cuarto totalmente iluminado, pero podría ser apreciada a muchos metros de distancia en medio de un terreno envuelto en la más negra noche. La esperanza es como una chispa en el misterio que dulcemente envuelve nuestra vida. Que nunca se apague la chispa que, aun en medio de la más absoluta oscuridad, nos hace confiar que cada equivocación, que cada caída, que cada esfuerzo, que cada lágrima, que cada gota de sudor, que cada latido, al final de cuentas, misteriosamente y sin saberlo cómo, ha valido la pena…”


¡Feliz víspera de resurrección!


Continuaré, oh, Dios, mío… Haciendo todas mis acciones por tu amor.

Formación Humana y Vida Interior

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